SUS DISTINTAS
FACETAS
Sus ojos vieron la claridad del día en enero del año 64, a más de un mes de haberse iniciado
un nuevo verano en la ciudad de Lima. Creció en medio de una infancia acomodada en el distrito limeño y
poco populoso de San Isidro. Hija de Manuel Málaga y de Ida Dibós, personajes
reconocidos y de la alta clase limeña. Tiene 8 hermanos, ella es la última de
esta famosa casta.
Desde su niñez Natalia demostró que lo suyo no era estar
entre muñecas, usar vestidos por debajo de la rodilla, zapatitos de charol, y
ponerse un moño. Ella prefería jugar
canicas, a las escondidas o lo que más le agradaba era el fulbito, lo
practicaba con sus hermanos y amigos del barrio. Los que compartían estos momentos
con ella, recuerdan que siempre la enviaban al pórtico, porque aprovechaban su baja estatura y su corta edad para
precisamente mofarse de ella. Su
educación la hizo en el renombrado y
prestigioso colegio Mater Purisima y estando aún ahí, con tan solo 13 años de edad empezó su larga
y conocida carrera voleibolista en la selección nacional peruana.
Corrían
finales de los años 70', muy pequeña aun en edad y en talla para una disciplina
deportiva que demanda más estatura, Natalia Málaga comenzaría a escribir historia en el voleibol,
deporte que tantas alegrías le ha dado a los millones de peruanos.
Su nana y amiga, Doña Irma, quien vino
proveniente del Cuzco, su ciudad natal, por intermedio de un familiar. Llegó como jugando -como ella dice-. Se puso a hacer las labores de limpieza en la casa
Málaga y luego se instaló ahí. Conoció muy a hondo a los dueños de la
residencia y estando éstos en los últimos años de su vida aún más. Vive con ella y
trabaja al lado de esta connotada deportista por más de 33 años ininterrumpidos.
Refiere que Natalia Málaga, desde
que la conoció (hace memoria un momento e indica que fue cuando la voleibolista
tenía la edad de 13 ó 14 años), siempre
fue muy avocada al deporte de la net alta. En todo momento quería demostrar que
esto (el voleibol), iba a ser lo que la llevaría muy alto. Trataba
siempre de hacer las cosas bien en la escuela y en el juego;
aunque confiesa que Natalia era una alumna
no muy aplicada y su madre (la señora Ida), debía de estar perennemente
detrás de ella, llegando al punto de
`corretearla´ en ciertas ocasiones.
Doña Ida, su madre, la llevaba al colegio y al voleibol,
haciéndola entender desde muy pequeña que todo sacrificio tiene su recompensa y
que por más complicada que sea la situación siempre hay alguna solución que
darle. Su padre, Manuel Málaga era un tipo de pocas palabras y muy recto, pero
no por eso dejaba de ser cariñoso y muy demostrativo en este aspecto hacia sus
hijas. Casi no estaba detrás de ella para este tema -los estudios- pero, hace referencia que le dejaba esa
potestad a Doña Ida. Lo que sí le
gustaba era el respeto y la rectitud, que sus hijos lleven una vida disciplinada y en orden (es
por esto tal ves que Natalia heredó ese carácter tan temperamental que posee).
El recuerdo que tiene ella de la deportista cuando tenía
17 ó 18 años de edad, es vago,
comprensible por los años que han pasado. Lo que si recuerda muy bien es que a
Natalia no le gustaban las fiestas, prefería estar entrenando en el voleibol, con el balón
como amigo y con la cancha como una amiga inseparable, escapando de lo que una
jovencita de su edad hace de un modo regular.
Me muestra una foto familiar, es un tanto complicada
describirla. En ella
se ve la felicidad de Doña Ida, al lado
de sus cuatro hijas, un serio Don Manuel y sobresale la figura de Natalia, tan
jovencita en ese retrato, pareciese que fue
a la edad que recién salía del colegio. Comenta Doña Irma, que
efectivamente, Natalia en esa foto tenía 18 años de edad, ya jugaba voleibol,
ya era seleccionada nacional, ya aspiraba a lograr algo grande para el Perú.
Una mirada distraída, su cabello corto
de color marrón oscuro ceñido al cuero cabelludo en los lados laterales de su
cabeza, un corte al estilo Mc Giver se podría decir. Una adolescente aun con la boca abierta,
como expresando o diciendo algo antes de
que fuera tomada la foto, explican lo pícara, seria y alegre que fuera en esa época. El entorno familiar
dice también la clase de hogar que tenía, bien constituido, con la solvencia
emocional suficiente como para `devorarse el mundo´.
La pérdida de sus padres provocó un gran vacío y un gran
dolor a Natalia, más aún porque al momento del fallecimiento de ambos, ella no
estuvo en el país, refiere Doña Irma. Primero dejó de existir Doña Ida o “mi
viejita” como ella la llama y la
recuerda muy cariñosamente, mientras un poco de nostalgia esboza de su rostro. Natalia para ese entonces, se encontraba
jugando en el extranjero, en Italia. Cuando partió su papá, ella se encontraba
en Estados Unidos, de gira con la selección nacional. Para Natalia, sin duda
alguna estos golpes que la vida le dio, fueron de los más duros y difíciles de
asimilar, ya que Doña Irma expresa que,
Natalia por ser la última de los hijos y por
ser la única de todos ellos que vivía con sus padres, sufrió
bastante. Pero ella es una mujer fuerte,
formada con valores morales y éticos,
los suficientes como para demostrar que es una dama hecha de hierro y que estar envuelta en la piel de una dócil
mujer, con una estatura no muy pronunciada
para el voleibol, no la limita en ningún aspecto.
No era una mujer tan seria como lo es ahora. Antes era
más juguetona, propio de la edad. En el día a día siempre aplica el respeto
como premisa fundamental. Natalia no dice las palabrotas que salen en la
televisión, al menos no muy a menudo, en casa es
muy distinta. Cuando regresa del voleibol, luego de haber perdido algún
partido, o cuando viene amarga por alguna situación, lo mejor que se hace en
ese momento es dejarla, alejarse de ella –probablemente porque de ese modo uno
se controla mejor y se le va la ira-
luego, con el paso del tiempo, ella viene a jugar con sus animalitos
–tiene 7 perros y una gata en casa- y al rato se le pasa la molestia, cuenta
Doña Irma, mientras se ríe. Es muy preocupada por ellos, haciendo referencia de
los animales, les profesa mucho amor, los cuida como si fueran sus hijos, si se
enferman los lleva al veterinario de inmediato.
Como se sabe, Natalia también es una Amazonas, tiene tres
caballos, le encanta la equitación. Doña Irma cuenta que Natalia se va todos
los días a ver a sus corceles, se levanta muy temprano, a eso de las 7:00 a.m.
y los visita. También, al igual que a los demás animales que tiene los cuida y
los protege, está siempre al tanto de lo que necesiten.
Como madre, dice Doña Irma, es una mujer muy abnegada, respetuosa y sumamente cariñosa. A pesar de no contar o
disponer del tiempo que todo hijo merece, siempre está
a la pendiente de su retoño.
Ella está en conversación
constante con su hija, quien ya cuenta con 17 años de edad, es delgada como su
madre, pero un poco más espigada y tiene el mismo nombre que la triunfadora,
Natalia. La rectitud es algo que sobresale en su persona, eso es lo que le
enseña a su hija, al parecer, quiere dejar su legado, el legado de la familia.
Al igual que su madre, Natalia demuestra el gran afecto y
amor que tiene con su menor, llevándola a todas partes, no la
descuida ni un momento. La relación que ellas comparten es muy especial.
Natalia la cuida, verifica constantemente que no vaya por el mal camino o no de
un paso en falso, como todo padre debiera de hacer. En una entrevista dada en
una radio local, ella –Natalia- indica que no deja que su primogénita se vaya
sola a las fiestas, está permanentemente
a la expectativa de su menor, no quiere que la vida la golpee, o peor aún algún
patán se aproveche de ella.
La lleva al colegio, la protege, la resondra cuando debe
de hacerlo. La mima de igual modo cuando tiene el tiempo necesario. Simplemente
es una relación de amiga – amiga, más que madre - amiga, lo que si no le permite es que Natalia
(hija), tenga algún tipo de comportamiento
equívoco con los demás, las malcriadeces
están prohibidas, esto refleja entonces que Natalia Málaga
aplica la rectitud y profesa el amor cuando la
situación así lo amerita, “es muy dura a veces, pero lo hace para que Natycita
siga por el buen camino y no se desbande”, acota Doña Irma.
SEUL
88, LA CUSPIDE
Llegó procedente de la lejana Corea del Sur en el año de
1974 y paradójicamente a estas alturas de su vida, tiene 74 años. Trabajó como asistente
técnico del desaparecido Akira Kato y luego ese mismo año asume la conducción
del elenco femenino de voleibol. Es el técnico que más conoce a Natalia Málaga,
el que la encaminó a conseguir triunfos, el que le inculcó a asumir los
errores, el que le enseñó a no llorar en las derrotas, el que le sirvió como
referente fundamental para que ella sea hoy quien es.
El rostro de este asiático longevo refleja a una persona
con bastante recorrido y sabiduría en el tema de voleibol. Si uno ve un video
de hace más de 20 años en el que él se encontraba y hace un comparativo con uno
de ahora, verá que al parecer la única diferencia es que tiene más arrugas,
después de todo esta igualito. Un poco renegón, sus dientes amarillos,
físicamente es alto, maneja un típico peinado de alumno disciplinado, con la
raya al costado. Unos lentes tipo Héctor Lavoe, color ahumado, denotan que ve
demasiado bien para su edad avanzada, porque ni medida se visualiza que tiene.
Seúl 88, fue el mejor recuerdo de toda su vida. Las
vivencias que pasó con las jugadoras de aquel entonces son muchas e
innumerables. Lo que más le viene a la mente de aquel año glorioso para el
deporte nacional, es la figura de una jovencita, quien, a pesar de las
limitaciones de talla que tenía, el empuje y la perseverancia fue lo que la
llevó hasta lo más alto que se pudo llegar, hasta lo más alto que ella pudieron
llegar.
No era titular indiscutible en ese entonces porque Natalia
Málaga, jugó con la mejor generación de voleibolistas que existió en la
denominada: “Época dorada de voleibol nacional”, pero su desempeño dentro de la
cancha, su constancia en cada entrenamiento, su lucha para que cada balón que
era rematado por las contrincantes no llegara a tocar el suelo, hizo que este
personaje, sobresalga en aquella selección triunfalista.
A pesar de tener
una talla menudita y ser `chiquita´ como él la denomina, se supo acoplar a las
demás y es por eso que el grupo humano formado en ese momento, jugaba muy bien.
Las fases preparatorias que sostuvieron ellas, les sirvió para incrementar su
potencial y llegar concentradas a los encuentros de los juegos olímpicos. La adaptación al
horario de ese continente no fue difícil, solo era cuestión de dormir un poco
menos y luego todo regresaría a la normalidad.
Perú inicia la campaña olímpica contra Brasil, una
selección que participaba con varias juveniles, el encuentro fue mero trámite y
lo derrota por 3-0 sets. Contra China en el siguiente encuentro, se consigue
una angustiosa victoria y una remontada única, por 3-2 sets, luego de ir
perdiendo por 14-9 en el quinto set. El marcador fue similar ante la poderosa
Estados Unidos. Contra Japón en semifinales, las peruanas pusieron todo su
pundonor y entereza para conseguir otra victoria apretada por 3-2 sets.
Perú, en el último encuentro contra la antigua URSS, por
la medalla de oro, luego de ir ganando
por 2 sets a cero, lo pierde por 3 sets
a 2. El elenco nacional tenía la desventaja de la estatura, las jugadoras
rivales poseían más envergadura física, Man Bok Park refiere que a esa selección solo
para conseguir el resultado y la posterior medalla olímpica de oro le faltó más
preparación física, “veníamos de jugar contra Estados Unidos, China y Japón, en
los tres casos habíamos ganado por 3
sets a 2. Las chicas sintieron el cansancio y por ese cansancio, no ganamos la
medalla de oro”, indica.
En esos juegos olímpicos, recuerda que Natalia era una
muy buena recepcionista, su bloqueo, a
pesar de su talla, no era malo. Ella
sabía bastante de voleibol, tenía buena ubicación dentro de la cancha. En comparación con otras
jugadoras de más talla, ella tenía que lidiar con los bloqueos opositores, pero
ni aun así, se limitaba a jugar como sabía y solía hacerlo, “medía 1.69 metros.
Tenía un buen saque. Saltaba 80 centímetros y eso le servía bastante para
conseguir puntos”, menciona.
La orientación desmedida que le tenía era muy importante.
El tamaño solo fue algo minúsculo y que no era un impedimento a que sea buena
en lo que hacía. Recuerda que a pesar de estar en otros países, ella corría un
par de horas como mínimo en algún parque cercano al hotel. La abnegación de esta deportista era inigualable, ella era así desde los 16 años, edad en que
entró a la selección juvenil de voleibol,
hasta el último día de jugadora. Se entrenaba mucho y eso le servía
bastante.
El carácter de Natalia
es igual al de Man Bok Park,
digna de toda discípula, aprender y posteriormente hacer lo que el maestro
hizo. “Su carácter es como el mío, para los resultados están bien, pero para
más adelante va a necesitar un trabajo más fuerte”, comenta. La forma que tiene
ella de ser, fue probablemente lo que más hizo que el director técnico se
acerque de un modo distinto a ella. La sed de triunfo que irradiaba y la falta
de capacidad en ese entonces para saber manejar su temperamento eran cosas con
las que MR. Park tenía que lidiar durante cada entrenamiento o encuentro que
disputaba.
En varias ocasiones se le ve a ella renegando por alguna
actuación equivocada de sus compañeras, o de ella misma tal vez, al no saber
canalizar su ira, lo que hacía el ex director de la selección era sacarla del
campo, hacerla tranquilizarse y luego que entrara al terreno con ese fervor que
nos tenía acostumbrado.
No cabe cuestionamiento alguno en que Natalia aprendió
todo lo que sabe, o casi todo, de la escuela asiática que fue inculcada desde
pequeña. Lo que se ve hoy en día por la televisión, una mujer con carácter y
fortaleza disciplinaria similar al de un cuartel del ejército, en el cual si te
equivocas en dar un disparo, puedes herir a un compañero, son el fiel reflejo
de lo que era ella con Man Bok Park. Había una relación hija – padre, más que
alumna – profesor. Esa relación es vigente hasta la fecha, y lo será por
siempre.
SU VERBO FLORIDO, TODA UNA INSIGNIA
Natalia, desde
muy pequeña comenzó la práctica de este deporte. Recuerda que cuando aún era muy infante en ese entonces y que
el apoyo constante de sus progenitores fue fundamental en ella para sobresalir
y ser una de las mejores, “Mis papás me apoyaron un montón. Mi mamá me
acompañaba a todos los partidos, a los
campeonatos, incluso a los viajes”. Esto demuestra que la jovencita Natalia en
aquella época contaba con la aprobación de la familia, importante detalle sin lugar a dudas. Su comportamiento tan
pronunciado es un tema aparte. Todo un caso. Las palabras desvergonzadas,
rústicas y duras de asimilar para algunas personas son muestra de ello.
Se le conoce
en toda su magnitud durante los encuentros que dirige, quién no recuerda eso…
sus palabrotas o sus frases ya son un estandarte para algunos, otros osan
ponerlo como tono de celular e incluso hasta
hay una aplicación denominada: “Frases de Natalia Málaga”, en la cual se
escuchan cada una de sus jocosas palabras de alto calibre. Desde los clásicos
“desahuévate”, “pónganle huevos”, “¿con
qué se animan, les enseño mi poto?”, hasta el “no te escondas huevona,
sube”, “¡reviéntala pes carajo!”, entre
otras frases.
Adoptó el
temperamento y el carácter de cada uno de sus padres. Ella aduce que por ser la
última de sus hermanos tuvo que aprender a la fuerza a ser despierta y a no
dejarse tontear por los demás. “Siempre tuve que ser un poco fuerte para
defenderme, he visto a mis hermanos mayores y todos tienen carácter, esto ayuda
sobre todo para el deporte y para la calle. Allí me hago respetar”, comenta.
Su forma de
ser es compleja para quienes no la conocen. Cambiar algo en su personalidad,
sería como quitarle la miel a los picarones del fin de semana, o como comerse
un cebiche sin su respectivo ají limo al lado… sería osado y descabellado
pensar en modificar su conducta. “No cambiaría nada en mí. Soy así”, refiere
ella muy solvente.
Sabe que
tiene amigos y enemigos, simpatizantes y detractores, esto no le incomoda, “Hay
algunos que me quieren y otros que no, todos no tenemos los mismos gustos”. Es
consciente que sus vocablos son excesivos…Piensa unos segundos y hace un mea
culpa a lo que ella considera errores, “hay momentos en que he tenido cosas
malas y reconozco que puedo haber hecho daño
con mis palabras o con alguna expresión y por ello pido disculpas. Pero
eso no quiere decir que vas a cambiar, que ya no las vas a decir. Luego de eso,
ya sabes de qué manera tratar a las personas”, enfatiza.
Recordar es
volver a vivir. Al entrar a conversar el tema de cuando ella era voleibolista,
sus ojos brillan, se llenan de euforia –muy distinta a la que se le ve a menudo
cuando está como entrenadora- se vuelve
sagaz, muy rauda para responder las interrogantes y no dejarse llevar por la
emoción. Su época de jugadora fue `todo´, la suerte que tuvo – indica- ayudó bastante a su desarrollo y a lograr
objetivos trazados, metas inalcanzables para muchas; ella hizo posible que el
sueño de una presea se plasme en una dulce realidad… “Tuve la suerte de estar
con un grupo humano excelente, hubieron momentos buenos y malos. Las derrotas
nos enseñaron a seguir triunfando, creo que al final todas terminamos en la
gloria”, cuenta.
Con respecto
a este tema, darse vuelta y mirar hacia los lados, observar a las demás
voleibolistas de su generación dan fe que sus palabras son ciertas. Cenaida, Gaby, Cecilia, son congresistas,
Rosa García trabaja en la Federación Peruana de Voleibol, es por ello quizás
que ahora el deporte que nos dio tantas alegrías en su momento, que nos hizo
palpitar el corazón llegando hasta el punto de explotar de alegría, cuenta con
más apoyo de la empresa privada y del gobierno.
“Nosotras
fuimos cada vez creciendo más, como grupos, como individuales, como jugadoras
profesionales, al final crecimos cada una. Seguimos nuestro camino como
atletas, pero crecimos todas juntas, como un conjunto”. Ver a una Natalia Málaga como jugadora hará
unos pocos años atrás (2004 año de su retiro), y hoy en día verla como una
entrenadora muy exigente, dura, iracunda por el accionar de sus dirigidas, o
alegre y sarcástica en los momentos que requiere serlo, denotan en su persona
algunas facetas que se adaptan a las circunstancias.
Ser jugadora
o ser técnica, qué puede parecer más complejo a la vista de los demás, qué
puede agradarle o desagradarle más a la campeona. Es tan difícil a veces
ponerse en los zapatos de otra persona y comprender el mundo interior que se
tiene, “Como jugadora fui más picona, porque eres parte del trabajo en la
cancha, y lógicamente como entrenador, tratas de indicar -estando afuera- lo que se tiene que
hacer adentro… es igual, pero desde otra perspectiva”.
Cerrar los
ojos y pensar por unos minutos las vicisitudes que la vida le ha presentado,
saber que el ánimo, la garra, el pundonor, fueron los artífices principales
para que ella llegue donde está hoy. Demostrarle a todos que fue y es una
luchadora, que nunca da un balón por perdido, que cada gota de sudor tienen un
significado, que por más que el marcador sea adverso, siempre buscó y luchó
cada esférico indicarían que como jugadora fue muy exquisita y como entrenadora
es más selectiva.
Ella expresa
que ser jugadora implica más vértigo, que es otra cosa… “Yo preferiría ser
jugadora, estar afuera es complicado. Desde afuera ves las cosas que van a
pasar y a sabiendas y peor aún ellas aun
así fallan… Como técnico es muy angustiante”. Sufrir los encuentros como
entrenadora, sin lugar a dudas es electrizante, sentir lo que siente cada
peruano cuando las jugadoras consiguen un punto o logran vencer a un rival es
sencillamente fascinante. El técnico en cambio está siempre sujeto a las
críticas, cuando se hagan bien las cosas o cuando no. El técnico asume, da la
cara, pone siempre el pecho por sus dirigidas. Ella es la `mamá´ del grupo, en todo
lo bueno, lo malo o lo feo que se dé antes y después de los encuentros, siempre
se ve la mano del director de la orquesta, en este caso, la mano de Natalia.
A pesar de que su segundo nombre es el de la virgen, ella
no demuestra ser nada dócil en su forma de ser, esto no es un dilema para ella,
es sólo aceptarla como es, le guste a quién le guste o en todo caso no. Lo luchadora y perseverante es algo innato en
su persona, quién no la vio esforzarse en cada encuentro que disputaba. La humildad
es algo que sale a flote en su ser. Ella lo reconoce y sabe que hay que dar
todo por el todo cuando se pone la rojiblanca y se disputa un encuentro de
voleibol, “Cualquier persona que juegue por su país, debe de jugar así”,
confiesa.
Ser
entrenadora y estar supervisando a más de 10 personas debe ser todo un caos, en
muchas ocasiones debes ser más que una amiga, debe comprender, escuchar o reír
cuando la ocasión sea propicia. “En el caso del entrenador, que es una cabeza,
meterse a la de las jugadoras, que en algunos casos son 16, es complicado, en
cambio para las jugadoras es más fácil, solo conocen a una persona” indica. Ver
desde atrás de la raya demarcatoria entre el campo de juego y la zona técnica
como sus dirigidas tratan de hacer bien las cosas, no debe ser tarea fácil, más
aun cuando las jugadoras no comprenden o
no plasman lo que el técnico les dice, pero esto no merma el pensar y el sentir
de la entrenadora, “como entrenador se disfruta, las dos partes ven de distinta
perspectiva las cosas, sin embargo cuando tu equipo camina y sale lo
planificado, todo va bien”.
Pensar que a
su casi medio siglo de vida, ya es una persona reconocida, exitosa, un símbolo
de firmeza y de dureza, símbolo que toda mujer peruana quisiera ser. Mirándola
detenidamente, una atípica mujer peruana, no es mestiza, es alta para variar,
deportista hasta los huesos, frenética por el voleibol, ella rompe todos los
parámetros de la tradicional fémina connacional. No se considera exitosa, es
consciente que le falta aún un largo camino por aprender, por caminar, por
conseguir, “no soy exitosa, aún no hemos conseguido nada, hay que seguir
aprendiendo de otros equipos, hay que seguir aprendiendo de las jugadoras. A
veces te encuentras con algunas que tiene un carácter distinto y aprendes a tratarlas
dependiendo sea el caso”.
Sabe que
luego de tan extenso caminar, llegan los resultados. Los periodos de entrega y
sacrificio que ha tenido durante toda su carrera de voleibolista le han dado
frutos, al menos los suficientes como para estar donde se encuentra ahora, en
la cúspide de su carrera como técnica de menores o de juveniles, comprende que
han pasado muchos años para conseguir este resultado, “esto no es de ahora, son años de aprendizaje.
Vengo trabajando como jugadora de
selección desde el 80´ en categoría
menores con 16 años, hasta
el 2004 en que me retiré en la selección
de mayores. Todo eso que trabajé como jugadora, capaz me está sirviendo como
técnico. Yo he vivido lo que están pasando ellas ahora”, argumenta Natalia.
A sus
párvulas, las trata como si fuesen sus propias hijas, es por ello que casi
siempre se le ve ese entusiasmo y esa frustración cuando las jugadas no
progresan o cuando cometen fallas infantiles. La orientación que les
proporciona es de una amiga mayor a una menor, sus vivencias le han enseñado a
saber acercarse a éstas pequeñas en edad, pero no en talla, “Hay que decirles
lo que uno ya vivió, es como decirle a tu hijo que es adolescente: cuídate, haz
esto, no lo hagas. Es igual como entrenadora les dices lo mismo”.
Hay que ver
cuán recia puede ser esta mujer. Verla y reflexionar un minuto, idear que esta
dama también es de carne y hueso, que siente, llora, que debe de haber pasado
momentos tristes en su vida casi insuperables, “Momentos duros los tenemos
todos, siempre hay. Retos o dificultades que no se te cumplen… Pero eso no es
para que te sacrifiques y te tires a la cama a llorar, al contrario, ese tipo
de cosas duras, creo yo, que a mí me hace más fuerte, yo voy al frente, yo no
paro… yo no conseguí esto, pero voy más allá de eso”, expresa ella.
Esto
demuestra de qué está hecha ella, su personalidad refleja fortaleza, y su forma
de ser destella hasta cierto punto temor. Las personas comunes y corrientes,
cuando la ven, guardan su distancia, procuran no hacerla enojar y llevar la
fiesta en paz. Es conocida como una persona fuerte, dura con un carácter que
muchos quisiéramos tener, conociéndola un poco más a fondo, ella no es así. En
su casa las cosas cambian, “No soy como me ven. Ustedes me conocen los 30
segundos y el partido entero que ven por la televisión. Yo tengo mi vida fuera
de lo que es el voleibol. Yo entro a
cuatro paredes, cancha naranja, tres pelotas, yo me transformo… pero cuando voy a la calle,
soy otra, no quiero ni que me hablen de voleibol”, finaliza en medio de risas.
Nuestra
guerrera, triunfadora y luchadora, denota ser una gran mujer. Fiel y leal a su
pensamiento, hasta el último día de su vida cabalgará montada en su rigidez y
sensibilidad, profesando a todos los que se le crucen en su caminar, lo que
aprendió, lo que en su existencia asimiló y lo que Dios le permita compartir.




